Febrero 7, 5:00 pm, San Miguel, Lima, Perú: Llego caminando a la esquina de las dos avenidas y espero El pronto arribo del transporte que me llevará a mi destino, a unos kilómetros de distancia, en Monterrico, nuestro equivalente local a un autobús, la combi, o para ser precisos, en este caso, la cúster (debidamente tildado para respetar las normas de la Real Academia de la Lengua: las palabras graves o llanas llevan tilde a menos que su última letra sea vocal, “n” o “s”).
Voces estruendosas anuncian la llegada de más de una posible cholimousine, ¡Toda la Marina, Javier Prado al óvalo!” gritan algunos hombres colgados del estribo del vehículo que mantienen la puerta abierta para permitir el flujo de pasajeros que suben y bajan. Otros cobradores (creativo nombre derivado de la función que cumplen estas personas en el vehículo) se inclinan por anunciar más destinos en su ruta, además de promocionar la cantidad de asientos y espacio disponibles en la camioneta rural (nombre oficial que las autoridades dan a nuestros criollos dizque autobuses) “¡LaMarina-JavierPradoLaMolinaMusaMolicentrocarrovacío!”.
Los afanosos anunciantes no hacen pausa entre palabra y palabra sino que tienen la particular habilidad de soltar toda un larga frase sin necesidad de detenerse para respirar. Adicionalmente, durante su “discurso” abanican en una mano rectángulos de plástico de fosforescente color verde que reafirman algunos de los destinos de su ruta, mientras que agitan la otra mano de una manera que los locales entendemos nos invita a abordar el vehículo.
Decido abordar aquel que anuncia y evidencia más comodidad pues cargo conmigo el grueso libro de turno, el cual he avanzado en su lectura casi hasta la mitad, y deseo seguir leyendo. Una vez a bordo de la cúster descubro que no estaba vacía exactamente sino que hay unos 4 o 5 asientos disponibles. Doy una rápida mirada a las posibilidades, evaluando cuidadosamente mi decisión.
Descarto inmediatamente el asiento al lado del chofer (ya antes cometí el error de ocuparlo y no sé si sería miedo real o un efecto de las múltiples horas jugando Grand Theft Auto y chocando autos virtualmente, pero en todo momento sentí que mi vida peligraba), descarto también los asientos al lado de la puerta (asientos reservados, no duraría mucho tiempo sentado) y justo detrás mío oigo la voz del honrado trabajador que indica a otros pasajeros “al fondo entran cuatro, apéguese, apéguese”(¿no eran cinco los que en el principio de los tiempos entraban al fondo?).
Tras unos cortos segundos de contemplación, tomo una decisión y me ubico en un asiento para dos al lado del pasillo, junto a otro caballero de robusta figura que se ve obligado a sentarse con la piernas abiertas en ángulo obtuso pues el vehículo de asiático origen ha sido modificado para que quepan más asientos y personas y el espacio entre el borde de un asiento y el respaldar del otro ha sido considerablemente reducido.
El viaje se inicia. A decir verdad, se inició antes que llegara a mi asiento, lo cual me dio la oportunidad, una vez más, de probar la existencia de la inercia. Al cabo de unas pocas cuadras el versado cobrador recibe una clara indicación de parte de uno de los pasajeros “grifo bajo” e inmediatamente procede a transmitir el mensaje a su amigo conductor “¡baja grifo!” acompañando el anuncio de un silbido y unos cuantos golpes a la carrocería externa de la cúster, fácilmente asequible pues, como es costumbre, viajamos con la puerta abierta.
Inmediatamente se inicia un monólogo, conocido para quienes tenemos por costumbre usar este tipo de transporte “Pasaje señorita. No pes, colabore con sencillo. ¡’ta mare! ¡Oe, cámbiame 20 lucas!” El chofer, sin separar los ojos del camino, alcanza una carterita de cuero (aparentemente llena de monedas y billetes de 10 nuevos soles) y se la entrega al cobrador haciendo un poco natural movimiento de brazo hacia atrás. El pasajero recibe su cambio o “vuelto” como lo llamamos acá.
El impaciente pasajero decide aprovechar la reducción en velocidad del vehículo para efectuar una arriesgada pero cotidiana maniobra y descender a tierra firme. Esta maniobra suele venir acompañada, y esta no es una excepción, de una pertinente recomendación de seguridad por parte del cobrador “¡pie derecho!” El grito me hace recordar cuando alguna vez hice caso omiso a dicha recomendación y aterricé con el pie izquierdo. Apenas toque suelo di una inertica media vuelta para culminar sentado en el piso de cemento.
Son ya las 5:20 y el vehículo aún se encuentra circulando por la Avenida La Marina, se ha detenido unas 20 veces para recoger o dejar pasajeros y en al menos cinco ocasiones lo ha hecho abruptamente – sacudiendo a sus pasajeros y probando sus reflejos– pues una persona fuera de la cholimousine levantó la mano (forma peruana de solicitar a las camionetas rurales y otros vehículos que se detengan) tardíamente o porque algún distraído pasajero no se dio cuenta que no sólo ya había llegado a su destino sino que ya se estaba alejando del mismo.
Los constantes altos del vehículo se contradicen con la carrera de autos que hasta hace un momento vivimos presencialmente los pasajeros, y que se inició cuando coincidieron en un paradero dos unidades con la misma ruta de circulación, lo cual originó que ambos choferes pisaran el acelerador a fondo buscando adelantarse el uno al otro, llegar primero a los paraderos y ganar así más nuevos pasajeros que la competencia.
Los cobradores para no sentirse excluidos de tan emocionante competencia interrogan a los pasajeros sobre su voluntad de bajar en los próximos paraderos y al encontrar al interior de sus unidades un ambiente propicio para la carrera (es deicr nadie pretende bajar en los próximos 5 ó 6 praderos), comunican la buena noticia al chofer: “Pisa, pisa, ¡nadies baja!”
Mi lectura se vuelve más interesante a cada página. Recuerdo que cuando estaba en el colegio, en clase de Ciencias Naturales, aprendí que era mala idea leer cuando un vehículo estaba en movimiento pero fuera de los eventuales baches y frenadas, no encuentro mayor problema, además, a mi derecha, en un asiento individual, hay una señorita practicando el femenino arte del maquillaje y detrás, un señor va muy tranquilamente resolviendo su crucigrama de Peru.21. Si ellos pueden, ¿por qué yo no?
La temperatura dentro de la cúster se he incrementado dramáticamente igual que el número de pasajeros que ahora llegan hasta la altura de la puerta del vehículo formando dos filas intercaladas. Lo que resultaría extraño, en cualquier otra realidad, es el hecho de que pese a la temperatura y la cantidad de personas, nadie abre las ventanas. Podría ser por el hecho de que en febrero, como parte de las celebraciones de carnavales, algunos traviesos párvulos tienen por costumbre arrojar globos con agua a los vehículos detenidos en los “paraderos”, pero la misma carencia de ventilación se presenta en enero, marzo y el resto de meses del año.
Cruzamos el puente de la Brasil, pasamos el Hospital Militar y un pasajero se comunica con el cobrador “paradero esquina baja” el cobrador resume la información y anuncia “paradero baja” (esta vez no hay golpe a la carrocería) el chofer del autobús al parecer no recibe o entiende bien la información y pasa de largo la estructura tipo arco que marca las esquinas en las que cústers y combis pueden detenerse. El pasajero indignado reclama y cobrador y chofer proceden a defenderse aduciendo que ese no era un paradero. El pasajero lanza sendos insultos y exige que le permitan descender del vehículo, solicitud que no recibe mayor respuesta que “el paradero está más adelante pes, señor. Después me ponen papeleta y ¿acaso usted la va a pagar?”. Finalmente el vehículo se detiene y el airado viajante desciende renegando e insultando a chofer y cobrador.
Avanzamos un poco más y llegamos a Salaverry, un pata flaco, vestido en camisa y jean trata de bajar y le da una moneda al cobrador. El tripulante inmediatamente le imputa que lo pagado no cubre la tarifa, a lo que el indignado pasajero, que si no me equivoco ya estaba en el vehículo cuando yo subí, responde que siempre paga la misma tarifa. El diálogo va más o menos así:
- Salaverry bajo, cóbrate.
- Falta, pasaje es un sol hasta Salaverry
- ¿Desde cando?, ¡yo siempre pago cincuenta!
- No pes hermano, el pasaje está un sol, ahí está la tarifa. [señala un sticker viejo pegado a una de las ventanas] Ya, paga.
- Yo siempre pago cincuenta, ya déjame bajar.
- [Interviene el chofer] Señor! En todas partes el pasaje está un sol, pague lo que se debe y no haga problemas, por favor
….
La discusión sigue por un par de minutos y al final el pasajero se baja renegando pero sin pagar la diferencia, con razón y dicen que el cliente siempre tiene la razón.
El chofer, experto en técnicas psicológicas para descargar frustración y rabia, decide usar el vehículo como medio de expresión de sus sentimientos. Durante los siguientes minutos aumentará la velocidad, cambiará bruscamente de carril y más bruscamente aun, aplicará los frenos en luces rojas o esquinas autorizadas y no autorizadas, dando, de paso, a los pasajeros, una probadita de lo que es la fuerza de inercia, la cual su cobrador ya está acostumbrado a contrarrestar.
10 minutos y 385 carajeadas, puteadas y recordadas de familia por parte de los pasajeros después, el chofer finaliza su terapia de desahogo reduciendo la velocidad del vehículo y aliviando la brusquedad de las maniobras. El único problema es que la velocidad se reduce radicalmente, casi al punto del alto total. Decido despegar la mirada del libro que llevo en las manos y me doy cuenta que a la altura de Javier Prado con Los Álamos, nos hemos topado con uno de aquellos embotellamientos por los que la avenida es conocida.
El cobrador mantiene la puerta de la cúster abierta para que cualquier pasajero pueda subir, pero en lugar de pasajeros, sube al vehículo un hombre vestido en ropas simples y cargando una bolsita con productos golosinarios en la mano izquierda y muestras individuales del producto en cuestión, en la mano derecha.
Se trata de un abnegado padre de familia que hace 4 meses vio la luz del Señor en un centro de rehabilitación y dejó las drogas. Ahora hace de voluntario en dicha institución ayudando a otros hermanos con problemas de drogadicción y alcoholismo, pero que como no cuenta – la institución- con ningún apoyo del Estado, se ven – los hermanos- en la necesidad de subir a los vehículos a vender chicles, chocolates o caramelos para así poder financiar la obra del centro de rehabilitación.
Pasan unos minutos y tras toparse con un fracaso rotundo de su estrategia de marketing, el ex-drogadicto baja de la cúster, sólo para que un minuto después haga su aparición una madre que tiene que ganarse la vida lavando ropa de otra personas para poder sacar adelante a sus tres menores hijos (sin contar al que lleva gestando, a ojo de buen cubero, hace unos 6 ó 7 meses). En ese momento viene a mi cabeza diversas reflexiones sobre la educación sexual, básicamente me pregunto si a esta mujer nunca le contaron que los actos sexuales sin protección llevan a embarazos no deseados o si deseados, no presupuestados.
La estrategia marketera de la señora logra un éxito mayor y muchos pasajeros llevan la manos al bolsillo, la billetera, el monedero o sencillero y brindan a la mujer apoyo económico en monedas de uno, dos y hasta cinco soles. Durante el trayecto, los pasajeros tendremos la oportunidad de toparnos con una estudiante universitaria que se paga la carrera vendiendo golosinas en los micros (cústers y combis para los no familiarizados con la jerga peruana), un par de niños cantores de no muy afinada voz y ya conocido repertorio, y un hombre, acompañado de su guitarra, que nos deleitara con valses criollos adecuadamente reducidos a tres o cuatro notas musicales.
El avance a través del embotellamiento se hace eterno y esa lentitud mezclada con el calor del verano provocan en mí un sopor inaguantable que, tras unos minutos de lucha y cabeceos, me obliga a quedarme dormido. Al cabo de un rato despierto y debo frotarme los ojos pues me parece haber visto un caracol adelantar al vehículo en el que me encuentro, o era una tortuga… no, sólo una ilusión. Aunque en mis aventuras oníricas parecen haber transcurrido varias horas, me doy cuenta que apenas han pasado diez minutos en la realidad y la cholimousine ha avanzado una impresionante distancia: media cuadra.
El tortugesco y tortuoso avance continúa hasta la esquina de Javier Prado con Camino Real y recién ahí entiendo la razón de tanta lentitud; los semáforos han sido apagados y el control del tráfico ha sido encargado a las brillantes oficiales del Escuadrón Fénix que en lo más profundo de su inteligencia eligen favorecer a los automóviles y demás que llegan desde la avenida Arenales, mientras que en Javier Prado la línea de autos llega ya a diez cuadras con tendencia a seguir creciendo en progresión geométrica.
A partir de este punto las juiciosas policías ceden su control del tránsito y permiten que los semáforos hagan el trabajo para el que fueron creados. Los autos particulares y taxis ocupados mal que bien logran avanzar por los carriles de la izquierda mientras que las combis y cústers regresan a su comportamiento habitual y sinuosa o zigzagueantemente avanzan hacia las esquinas en busca de capturar al menos un pasajero por paradero.
Capturar pasajeros es una tarea que demanda tener la paciencia de un monje tibetano. Los choferes de las combis y cústers esperaran la aparición de alguien que quiera subir a su vehículo aunque esto signifique esperar en el paradero una, dos, tres o más luces rojas.
Los pasajeros, que a diferencia de los choferes carecen de experiencia en ejercicios de meditación que beneficien su paciencia y tolerancia, pierden el control rápidamente y demandan a voz en cuello celeridad al conductor. La respuesta es muda pues ya está expresada en stickers adecuadamente distribuidos por el vehículo. “Si salió tarde no es culpa del chofer”; “Apurados como tu van a la tumba”; o “Más vale perder un minuto que la vida en un minuto” (Asumo que el refrán original era “Más vale perder un minuto en la vida que la vida en un minuto” pero los productores de estas pegatinas decidieron economizar y reducir la frase)
Los viajantes airados expresarán su descontento zapateando furiosamente sobre el metálico suelo del vehículo y amenazando con bajar del microbús. Sin perder su postura trascendental, el chofer responde a los reclamos haciendo rugir el motor y avanzando apenas unos metros a velocidad muy lenta. Sólo cuando la amenaza se vuelva masiva el timonel romperá su trance para conducir el vehículo hacia un próximo paradero en donde repetir el ritual ya descrito.
Siguiendo la misma técnica de movimiento llegamos al cruce de Javier Prado con la Avenida Aviación, o al menos a las inmediaciones del mismo. Llegando al Burger King ya se nota la fila de vehículos, la gran mayoría de servicio público que esperan su turno para apoderarse de los espacios más cercanos a la esquina y conseguir así nuevos pasajeros que contribuyan con el rendimiento productivo de las unidades de transporte.
El conductor del vehículo distingue un resplandor amarillo fosforescente proveniente de la esquina a la que desea llegar e inmediatamente anuncia “Cierra la puerta, hay tombo” El cobrador interpreta la advertencia como que hay un policía de tránsito cerca que puede tomar a mal e imponer un castigo porque la puerta de la camioneta rural esté abierta, algunos pasajeros viajan parados en las escalerillas de acceso y otros casi colgados del estribo. Su reacción inmediata es empujar a los pasajeros hacia adentro anunciando paralelamente “Avance de la puerta para cerrar, a ver señorita, apéguese un poquito para cerrar.”
Una señora de mediana edad se queja de que no hay espacio para avanzar más y el cobrador procede a muy amablemente solicitar a los pasajeros – que en su mayoría se han juntado en la mitad frontal del interior del vehículo– que por favor se acomoden “a ver acomódese, dos columnas, ¡acomódese pes! al fondo está vacío. El de polo rojo, ¡avanza pes, hermano!” Los pasajeros reclaman que no hay forma de que las personas que están de pie se alineen en dos columnas pero al cabo de un minuto o dos las columnas están formadas, la parte frontal de la cúster sigue hacinada (aunque ahora sólo el cobrador está parado en las escalerillas) y la puerta se puede cerrar.
Eso sí, ahora mi comodidad se ha visto comprometida por mi compañero de asiento que no logra cerrar las piernas y el tipo que está parado a mi costado cuya mochila se encuentra ahora donde antes estaba parte de mi cabeza (la que he tenido que inclinar a la izquierda), su prominente abdomen que me obliga a encoger los hombros lateralmente y, por si pensaron que la situación había cambiado, la falta de ventilación incrementada por la sobrepoblación de la cholimousine.
Avanzamos un poco más y llegamos al paradero. Me llama la atención que la policía de tránsito se preocupe de si las puertas de las cústers y combis están abiertas o cerradas sin embargo, no les parece afectar que en la esquina y sectores aledaños las unidades de transporte público estén ubicadas de mil maneras distintas, 999 de las cuales infringen normas de tránsito o que las unidades que no alcanzaron el borde de la vereda, dejen bajar a sus pasajeros a mitad de la pista.
Desde ese punto en adelante el viaje se vuelve bastante aburrido, o mejor dicho tranquilo, al menos hasta el óvalo Grau (u Ovalo de la Universidad de Lima como los transportistas suelen llamarlo). Lo más interesante de esta porción del trayecto es una señora con una bolsa llena de mandarinas de la cual se deshace muy efectivamente, tras haber terminado de consumir las cítricas frutas, arrojándola por la ventana hacia la pista
Apenas pasado el puente peatonal que desemboca en la puerta de la U.L. me pongo de pie y empiezo a avanzar hacia el frente del micro escurriéndome entre la ingente cantidad de pasajeros que el cobrador ha motivado a subir, anunciando en el camino mis deseos de abandonar el vehículo apenas terminado el perímetro de la universidad.
Con mucho esfuerzo logro apearme, siempre con el pie derecho por delante (a cocachos aprendí, o mejor dicho a violentas sentadas aprendí) y empiezo a caminar de regreso hacia las paredes exteriores de la U. Lima por ese caminito de tierra que rodea el óvalo. Lo siguiente será abordar la bien conocida “S” para luego de 15 minutos de viaje doblado en L (tratando de que mi medio cuerpo superior no incomode a los pasajeros que van sentados) llegar a la esquina de la casa de mi amigo, pero ese es otro viaje y esa es otra historia.